domingo, 4 de marzo de 2018

ARCOmadrid 2018: entre la genialidad estética y la torpeza política

Aunque los hechos son conocidos por todos (por supuesto, por todas las personas y  todos los personos medianamente informad@s), me temo que, como en tantas otras ocasiones y parafraseando al señor Wert, han sido legión quienes apenas han percibido otra cosa que la espuma del "incidente"; esa que ha flameado como pólvora seca por las redes sociales y las portadas de los medios de comunicación convencionales. Y, en cierto modo, lo comprendo: la "anécdota aparente", que guarda escasa relación con el hecho real, armoniza bien con el ambiente decimonónico impuesto por la genialidad liberal del ínclito señor Ruiz Gallardón, que nos ha impuesto a todos un orden social más cercano a los principios del Santo Oficio que a los de una democracia del siglo XXI. Anteponer la "sensibilidad cristiana" o la "sensibilidad ultraconservadora" a la libertad de expresión o a la libertad creadora es uno de los principios más sagrados del Antiguo Régimen, tan añorado por quienes perderían sus señas de identidad si vivieran en un Estado laico, sujeto a principios de equidad, justicia distributiva y demás fruslerías masonas. Porque es una obviedad que producen muchísimos más daños las palabras destempladas de un titiritero o de un rapero que los apaños de quienes saben que el dinero público no es de nadie y está a disposición del más listo o de quien tiene amigos mejor situados en el laberinto del poder.
Imagen EFE
En ese contexto, que la dirección de una entidad tan "solvente" como IFEMA, decidiera censurar una "obra de arte" por razones meramente "operativas", apenas parecía otra cosa que un gesto más de ese afán censurador y reaccionario de quienes deben su posición institucional a "razones" de afinidad personal. Del mismo modo que se condena a "artistas" de obra acibarada y de calidad heterogénea por enaltecimiento del terrorismo, incitación al odio o por herir la sensibilidad de los sectores católicos más "sensibles", se debe condenar al ostracismo a quien, infiel a los dictámenes oficiales, tiene la osadía de calificar como "presos políticos" a "políticos presos", que lo son, no por sus "ideas", sino por sus "actos". Y es que en los territorios de lo políticamente correcto, no es lo mismo lo uno que lo otro, porque el orden de las palabras puede desencadenar la quiebra del orden magmático y, en consecuencia, la ira de Vulcano, que es uno de los dioses más temidos.
Detecto en ello un poso de resabio estalinista sin otro objetivo que hacer poco atractiva la función de los líderes, de quienes deben gestionar los deseos de "las masas"; pero se contemple como se quiera, si se mete en la cárcel al político consecuente con sus ideas, sean galgos o sean podencos, nuestras leyes vuelven a hacer aguas por donde siempre, por la inarmónica relación entre legalidad y legitimidad; dolencia que nos recuerda el peso de la herencia franquista, que tanto molesta a quienes, por razones variables y no siempre honestas, preferirían que Franco no hubiera sido sino un sueño fatuo.

Pero hagamos memoria y recordemos brevemente los acontecimientos que, en este caso, definieron el proceso:

1. La galería Helga de Alvear, especialmente activa desde cuando en España "descubrimos" las bondades del arte de vanguardia allá por los lejanos sesenta (Helga de Alvear se unió a Juana Mordó, cuya actividad comenzó a finales de los cincuenta), presentaba en Arco, entre otras cosas, una obra de Santiago Sierra, titulada Presos políticos en la España contemporánea, en una línea de expresión estética asumida desde muchos años atrás. La obra consistía (consiste) en una serie de retratos (fotográficos) "autocensurados" mediante "pixeles" descomunales, al modo como suele hacerse para enmascarar la personalidad de quien no desea o no debe ser reconocido. El resultado fue (es) un conjunto de imágenes que, desde el punto de vista perceptivo, ofrecen un juego comparable al de las pinturas cubistas: se suprimen detalles relevantes del representado sin que desaparezca por completo la posibilidad de identificarlo; algo similar a lo que hizo Picasso con el muy celebrado retrato de Vollard que, según cuentan, apenas ofreció dificultades de identificación a un niño. Para facilitar aún más la comprensión, los retratos incluían una breve referencia escrita sobre la persona aludida. Un ejemplo:

"PRESOS POLÍTICOS Nº 16 A 24
Tras los acontecimientos en torno al referéndum de independencia de Cataluña del día 1 de octubre, y tras la decisión de aplicar el artículo 155 de la Constitución Española, la Audiencia nacional condenó a prisión incondicional y sin fianza al exvicepresidente catalán junto a ocho exconsejeros de la Generalidad. Solo uno de ellos pudo eludir la condena con una fianza de 50,000 euros.
Ingresaron en la cárceles de Estremera y de Alcalá de Henares. Madrid."

Allí estaban representados políticos catalanes pero también personas castigadas por "razones discutibles" y "creadores artísticos", considerados delincuentes por la naturaleza de sus obras...
Puede que, como han indicado algunos comentaristas, se pudieran formular ciertas acotaciones puntillosas, como la alusiva a que la Audiencia Nacional haya "condenado" a los personajes mencionados, al menos, en el caso de los consejeros catalanes. De momento, están en prisión provisional a la espera de juicio; ya se verá si son condenados o no. Pero los hechos indicados, en su vertiente más ominosa, están bastante claros...
Ofrecer obras de arte con planteamientos de este tipo no es cosa nueva en el universo del arte contemporáneo: es posible remitirse a los tiempos de Daumier, incluso de Goya; de O. Dix, Beckmann... En 2007 a Mark Wallinger le concedieron el premio Turner por un montaje que se hacía eco de las denuncias antibelicistas de Brian Haw. Y aún quedaría mencionar la innumerable relación de creadores que, como Ai Weiwei o Piotr Pavlenski,  han convertido la protesta política en instrumento habitual de reflexión estética de mayor o menor enjundia.

2. Antes de la inauguración, cuando los periodistas recorrieron la muestra nacida con voluntad de gran proyección internacional, quedó claro quien capitalizaría la vertiente mediática. A la vista de la repercusión de la obra, colocada "casualmente" en un lugar por donde debería pasar la comitiva oficial el día de la inauguración, los gestores de IFEMA propusieron descolgarla. Según recogieron los medios, Helga de Alvear, sin excederse en reproches, aceptó sustituirla por otras... Para entonces, el objetivo de promocionar la obra de Santiago Sierra y el espacio expositivo de la galería, se había cumplido con creces: recogida la "censura" por los medios de comunicación, los visitantes de ARCO se sentirían obligados a acercarse al lugar donde estuvo la serie polémica.
Al parecer, en las conversaciones relacionadas con la decisión más propia de Il Braghettone, no intervino el director de ARCOmadrid, Carlos Urroz, a quien, según declaraciones recogidas por los medios, "le pareció una idea malísima"...
¿Idea malísima? Según desde donde contemplemos el asunto. Si lo hacemos desde el prestigio de ARCO, la situación no puede ser más lamentable, dado el escaso volumen del comercio artístico español y de los frecuentes incidentes, que han rodeado sus actividades desde su inauguración, entre los que destaca el escándalo relacionado con la comercialización de ciertas obras  atribuidas a las vanguardias rusas  Basta echar un vistazo a cualquier medio para entender que al señor Urroz se le pusieran los pelos como escarpias. Censurar una obra de arte por su capacidad para generar reflexión y polémica sobre un hecho de gran alcance social, es censurar la parte más irrenunciable de lo que hoy entendemos por arte. Y hacerlo en el evento comercial dedicado, supuestamente, a promocionar comercialmente el arte contemporáneo es, se mire como se mire, absurdo, incomprensible, demencial, estúpido... Continúe el lector añadiendo calificativos que, muy probablemente, serán apropiados incluso aunque contengan la jota, que es letra muy socorrida para substanciar insultos.
Ahora bien, si contemplamos el argado desde el punto de vista comercial, acaso no fuera una idea tan mala...
Y desde otro punto de vista, si el director de ARCOmadrid no intervino en el veto, ¿cuál es su función?
Imagen Europa Press
3. Los reproches inmediatos a la decisión debieron ser tan numerosos que IFEMA, la institución que proporciona los medios materiales para la realización del evento comercial, intentó justificarla mediante un texto aún más "surrealista" que la propia decisión censora:

"IFEMA ha solicitado a la Galería Helga de Alvear la retirada de la obra del artista Santiago Sierra, petición a la que ha accedido.
La institución ferial, desde el máximo respeto a la libertad de expresión, entiende que la polémica que ha provocado en los medios de comunicación la exhibición de estas piezas, está perjudicando la visibilidad del conjunto de los contenidos que reúne ARCOmadrid 2018, y por tanto, es su responsabilidad, como organizadora, tratar de alejar de su desarrollo los discursos que desvíen la atención del conjunto de la feria."

¿"Desde el máximo respeto a la libertad de expresión"? ¿La polémica provocada en los medios ha perjudicado la visibilidad del conjunto de los contenidos reunidos por ARCOmadrid? ¿Qué genio de la pluma y la palabra escribió texto tan inoportuno? Reconozco con horror que se me han acabado incluso los términos que pudiera robar a Cela o al acervo barriobajero del que me siento deudor...

4. Al día siguiente, numerosas publicaciones internacionales mencionaban el dislate y todos los medios de comunicación españoles, prácticamente sin excepción. lo conducían a la portada de sus páginas impresas; y hasta en ambientes muy conservadores, se valoraba el hecho como inaceptable "censura al arte". El actual Ministro del Interior, que continúa defendiendo el buen sentido político de la intervención policial del 1 de octubre,  se manifestaba en la Cadena Ser expresando sus recelos sobre la oportunidad del hecho censurador: seguramente alguien ya le había explicado en qué consiste el "efecto Streisand" y algunas otras cosas... Como imaginará el lector, los medios internacionales informaron del asunto en términos matizadamente distintos.

5. Antes de la inauguración de ARCOmadrid, la obra de Santiago Sierra fue adquirida por el productor Tatxo Benet, socio de Jaume Roures, por 80.000 euros. Ciertos medios sostienen que Jaume Roures es uno de los motores mediáticos más activos del independentismo... En todo caso, el señor Roures manifestó que tenía la intención de exponerla en el Museo de Lleida, la institución donde, antes del polémico traslado, se exhibían las pinturas del monasterio de Sijena. Como habían indicado los medios internacionales, la censura de la obra de Santiago Sierra no era sino un paso más en la acumulación de torpezas aplicadas por el gobierno del Estado frente al "problema catalán"... La cagada de IFEMA ya se había convertido en una nueva fístula del doliente problema catalán.

6. Poco después, los representantes de IFEMA reconocían públicamente que se habían equivocado... Sin embargo, en el momento de la inauguración, la obra Presos políticos en la España contemporánea no importunó el paseo real, que abría un evento de dudosa utilidad práctica, tal y como acreditan quienes entienden de estos asuntos.


El balance

Parece indiscutible que los dirigentes de IFEMA han dejado clara su incapacidad para entender lo más esencial del arte contemporáneo, y en esas condiciones, es fácil derivar conclusiones sobre las peripecias de una feria que fracasó en los objetivos programáticos iniciales: fomentar la afición por el arte contemporáneo, apoyar a los coleccionistas, reforzar la vertiente internacional del mercado español, etc. y sobre todo y muy especialmente, ofrecer al universo latinoamericano un puente de unión con las redes comerciales europeas. Con el recuerdo de estas consideraciones, me brota una pregunta ingenua: ¿Realmente, ARCOmadrid está concebido para promocionar el mercado del arte contemporáneo o, por el contrario, para ofrecer un marco de exhibición a las autoridades del Estado? Es tentador deducir que, al menos, para una parte de los organizadores del evento, ARCOmadrid debe ser un marco idóneo para que las autoridades se ofrezcan en los medios en la muy elogiable función de "proteger" al arte contemporáneo, con lo que ello implica para su imagen pública, especialmente deteriorada en los ambientes de alta cualificación cultural. Recordemos que esa fue una "razón" esgrimida para llenar "las Españas" de "calatravas" y demás fundaciones culturales de dudosa utilidad social. O dicho de modo más preciso: para ciertos sectores, el factor cosmético asociado al poder político es más relevante que la función específica y "natural" de ciertas instituciones "culturales" y comerciales.
Reconozco que cuando conocí el asunto, lo primero que brotó entre mis neuronas fue que los gestores de ARCO habían aprendido de lo que sucede casi todos los años con la FIAC: es lugar común que días antes de la inauguración se hagan públicas propuestas "escandalosas" que airean los medios para fomentar el interés del público. Hoy sospecho que si alguien jugó esa carta mediática fue Helga de Alvear, cuya iniciativa probablemente llegó más lejos de lo que recogieron los medios: no creo que fuera casual la colocación de la obra en un lugar de especial relevancia...
Lógicamente, fueron muchas las personas interesadas en transformar el acto censor en un ejemplo más de política estúpida frente al "problema catalán"; el marco de pretensiones internacionales era idóneo para fomentar las fórmulas que, en la actualidad, persiguen los estrategas catalanes para conseguir el reconocimiento internacional que, de momento, parece imposible. ¿Imposible?
Por otra parte, cuando aparece la palabra "arte", se abre un repertorio de posibilidades mágicas difíciles de controlar... El evento me ha recordado otros incidentes afines, que enfatizan el potencial que tiene "lo artístico", incluso entre quienes creen que el artista vivo más importante de nuestros días se llama Lionel Messi. Meterse con el arte, incluso aunque sea ese engendro denostado por casi todos que llamamos "arte de vanguardia", supone desencadenar la furia colosal de todas las erinias. Y en ese vendaval de fenómenos que conmueven nuestras vísceras, pueden aparecer elementos que añaden valor a una imagen hasta elevarla a la categoría de "símbolo" o, mejor de "símbolo fuerte". Es posible que los amantes del arte de vanguardia tengan una deuda impagable con Hitler: etiquetarlo como "arte degenerado" fue lo peor que pudo hacer desde sus intereses estéticos, en el supuesto de que éstos fueran los reconocidos oficialmente. Porque esa etiqueta devino rasgo esencial de valoración ética (o, incluso, moral) que, tal vez, guió a personalidades como Roland Barthes para exponer planteamientos que hubieran sido menos "eficaces" sin ella. Por enésima vez recuerdo los planteamientos de Rose Vallard en Le front de l'art y del complejo equipo de guionistas que ayudaron en la realización de El tren (Frankenheimer, 1964): ¿Qué razones pueden explicar que un azacán se juegue la vida por objetos cuya entidad están muy por encima de sus posibilidades?

Para finalizar, deseo recalcar una circunstancia que, a mi juicio y de momento, ha sido poco enfatizada: la posibilidad de interpretar lo sucedido como un relato propio de la mente paradójica y enrevesada de Nasrudín, personaje mítico de la tradición sufí. Finalizada la feria comercial, la obra de Santiago Sierra ha culminado en una nueva realidad, fruto de un proceso de creación articulado mediante la acción de varios factores con capacidades "creativas" estimables: el propio autor, Helga de Alvear, los gestores de IFEMA, quienes distribuyeron los espacios de ARCOmadrid, los periodistas nacionales e internacionales, los políticos catalanes encarcelados y el resto de quienes están en la cárcel por razones discutibles, Jaume Roures y otros nacionalistas de planteamientos afines, etc. etc. Sin la participación activa de todos ellos hubiera sido imposible que la obra de Santiago Sierra se hubiera convertido en lo que ya es: una obra de arte de primerísima "calidad", revestida con los oropeles simbólicos que es esencia profunda de lo excepcional...
Aunque debo reconocer que Santiago Sierra no es santo de mi devoción, se diría que nos encontramos ante una obra especialmente sintonizada con las fórmulas procesuales en entorno colaborativo que distinguen lo más señero del arte de nuestros días... En definitiva, con relativa satisfacción, he de admitir que, gracias a la acción de unos y otros, gracias a la confabulación armónica de tantas personas transmutadas en artistas efímeros, gracias al par dialéctico definido entre la inteligencia de unos y la estupidez de otros, Presos políticos en la España contemporánea ya se ha convertido en una genialidad estética, que debería pasar a los libros de Historia del Arte como una de las más relevantes del primer cuarto del siglo XXI, por encima de las ingenuidades de Piotr Pavlenski o del mismísimo Ai Weiwei.

Así, pues, aunque no tengamos dinero para educación, para las jubilaciones o para que los centros de salud funcionen de modo razonable, y aunque los jóvenes deban trabajar por salarios de mierda, podemos estar tranquilos: España sigue siendo un país de guerreros y guerreras; artistas y artistos; y místicos y místicas.

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